El sector del transporte por carretera ha salido al paso de una idea que gana fuerza cada vez que repuntan los carburantes: que el aumento de los precios en los supermercados se explica, en gran medida, por el coste del transporte. La patronal Astic niega esa relación directa y sostiene que, aunque la subida del combustible obliga a revisar contratos y tarifas, su efecto sobre el precio final de los productos es muy limitado.
La organización empresarial recuerda que el transporte es una actividad esencial para garantizar el abastecimiento diario, pero insiste en que no puede convertirse en el principal señalado cada vez que se producen tensiones en los precios. Desde el sector subrayan que los carburantes representan una parte muy relevante de los costes operativos de una empresa de transporte, por lo que cualquier repunte del gasóleo tiene un impacto inmediato en sus cuentas.
Sin embargo, ese aumento de costes no se traduce de forma automática ni proporcional en el precio que paga el consumidor en el lineal. La repercusión real sobre cada kilo de mercancía transportada es mínima, según defienden los transportistas, que consideran injusto atribuirles la responsabilidad del encarecimiento general de la cesta de la compra.
La clave del mensaje lanzado por el sector está en la dimensión real del coste logístico dentro del precio total de un producto. Aunque las tarifas del transporte puedan revisarse al alza en momentos de fuerte tensión energética, el peso de esa subida, repartido entre miles de kilos de mercancía, resulta muy pequeño.
Por eso, las empresas de transporte insisten en que no se puede simplificar el debate sobre la inflación alimentaria señalando únicamente a los camiones o a los contratos logísticos. En su opinión, el precio final de los productos responde a una cadena mucho más compleja, en la que intervienen factores como la producción, la energía, el almacenamiento, la distribución comercial o la política de márgenes.
El trasfondo de esta posición es también una llamada de atención sobre la situación que atraviesan muchas compañías del sector. El encarecimiento del carburante vuelve a tensar la rentabilidad de las flotas, especialmente en un contexto internacional marcado por la incertidumbre energética. Para los transportistas, actualizar tarifas no es una decisión oportunista, sino una necesidad para mantener la viabilidad del servicio.
En este escenario, Astic ha puesto a disposición de sus asociados una herramienta para calcular cómo evoluciona el coste del transporte en función del precio del combustible. El objetivo es aportar transparencia y facilitar una revisión más precisa de los contratos.
El mensaje del sector busca trasladar una idea clara: el transporte no niega el impacto del combustible en su actividad, pero sí rechaza que se le presente como el culpable del alza en los supermercados. La logística es una pieza clave de la economía, pero no explica por sí sola la evolución de los precios al consumidor.
Con esta posición, los transportistas intentan defender su imagen en un momento delicado y recordar que, detrás de cada mercancía que llega a destino, hay empresas que también sufren la presión de los costes y que reclaman una visión más equilibrada del problema.
